Siempre me han maravillado los doctorados «honoris causa», porque suponen el máximo reconocimiento de la excelencia por parte de una universidad, no acompañado de bufanda económica o pensión, y supeditado a rigurosos requisitos, comportando la eficacia de formar parte de la historia de la institución. Ciertamente, a veces la causa de tal honor radica en méritos no académicos o de inaccesible comprensión al común de los ciudadanos, pero si se reconoce el «doctorado honoris causa»,
(i) por razones de excelencia académica,
(ii) por probada huella fecunda de mejora de la humanidad, y
(iii) «con efecto retroactivo de siglos», la cosa merece el mayor de los respetos y entusiasmo.
Viene al caso porque el pasado mes de diciembre de 2025 el Consejo de Gobierno de la Universidad de Salamanca ha acordado respaldar la figura y el legado de Fray Francisco de Vitoria para distinguirle en el V Centenario de la Escuela de Salamanca con un doctorado honoris causa por su labor como gran teólogo, filósofo y jurista del siglo XVI, labor que difundió desde las universidades de París, Valladolid y desde la propia Universidad de Salamanca.
Su significado para cualquier jurista es incuestionable, pues sentó los pilares de lo que sería el Derecho internacional, así como la firme tutela de los derechos humanos (sosteniendo con sólida argumentación que los derechos naturales se predicaban del ser humano por serlo, y no se perdían por sus creencias religiosas ni por estar en tierras libres o sin la cultura occidental). Sin embargo, su sombra es más alargada, con sabrosas anécdotas, como nos ilustra con su habitual destreza el catedrático Ricardo Rivero en este artículo de recomendabilísima lectura, titulado «Las raíces de Francisco de Vitoria: un universitario ejemplar».
Hoy día es muy fácil hablar desde redes sociales, pertrechado en la libertad de expresión, pero lo difícil era hablar desde una cátedra en el siglo XVI «bajo libertad vigilada» de la iglesia y del emperador, o de catedráticos anclados en el pasado, y hacerlo en términos peligrosamente convincentes.
En suma, cada escenario histórico debe valorarse en su contexto, y el paso de gigante en los derechos que supuso el «paso» de Vitoria por la universidad de Valladolid y Salamanca, fue «un gran paso para la humanidad«(parafraseando la conocida frase del astronauta Armstrong al pisar la luna en 1969.
Sin duda, cuando cristalice el evento se celebre el acto, tendré enorme placer de acudir a una cita con la historia del derecho y de los derechos. No imagino mejor anfitrión para el acto que la prestigiosa Universidad de Salamanca, donde sembró sus enseñanzas el ilustre dominico hasta su fallecimiento (1546) y en cuyas aulas florecieron numerosas generaciones de discípulos, obras jurídicas y nuevas disciplinas. No es extraño el impulso dado al acto por su Facultad de Derecho, buque insignia del buen hacer armonizando tradición, nuevas tecnologías y globalización.
Tengo la incómoda sospecha de que, en no pocas ocasiones, se otorgan premios para mayor gloria (y publicidad) de quien lo da y no de quien lo recibe. Es una mera conjetura, huérfana de pruebas…
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Tengo la incómoda sospecha de que, en no pocas ocasiones, se otorgan premios para mayor gloria (y publicidad) de quien lo da y no de quien lo recibe. Es una mera conjetura, huérfana de pruebas…
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