He tenido la fortuna de participar como ponente en el 20º Congreso de la Abogacía de Málaga, fortuna y honor, porque es un evento ejemplar en cuanto a dimensión, gestión y organización. Infinidad de abogados con orden, complicidad y participación activa, en torno a las cuestiones más candentes del Derecho.
Curiosamente en los pasillos cambié impresiones con numerosos letrados, y varios de ellos me plantearon la misma cuestión:¿cómo se nota el uso de la inteligencia artificial en el foro?,¿debemos percibirlo como una oportunidad o un riesgo?
De entrada, quizá no soy el más adecuado para responder a esta cuestión, pues soy parcial ya que pertenezco a la generación no algorítmica y soy un dinosaurio jurídico en extinción, pero tengo derecho a exponer mi impresión, propia de espectador de una transición o cambio de ciclo en la forma y modo de entender el Derecho.
Así que, sobre la llamada Inteligencia Artificial generativa (o creativa, a base del manejo del Big Data y de analítica predictiva), entiendo que es utilísima por su asombrosa capacidad de ayudar al abogado en múltiples frentes positivos: a) Generar dictámenes; b) Elaborar borradores de contratos; c) Realizar escritos procesales; d) Localizar leyes, reglamentos o jurisprudencia; e) Descubrir errores o incongruencias en escritos jurídicos adversos; f) Realizar pronósticos sobre contiendas y litigios.
Para ello, se revela como una herramienta valiosísima para los juristas, por la economía de esfuerzo en tiempo, energías y búsqueda de datos jurídicos… ¡o para diseñar la estrategia procesal de ataque o defensa!.
Sin embargo, entiendo que la inteligencia artificial en el mundo de la abogacía debe tener límites:
- No debe eclipsar el trabajo ARTESANAL. La abogacía no se lleva bien con lo mecánico y formulario. El cliente quiere un abogado con rostro y habilidad, no depositar su confianza en la maquinita tecnológica.

- No debe eclipsar el trabajo CREATIVO. La abogacía es creatividad, pues supone el reto de afrontar un problema, buscar soluciones imaginativas, desactivar las armas contrarias y en definitiva, forzar la imaginación saliendo de la caja del ordenamiento jurídico.
- No debe eclipsar la lucha por el DERECHO. Una cosa es el conjunto de normas que, como las piezas de un tablero de ajedrez, un algoritmo puede manejar, y otra cosa es el Derecho como conjunto sistemático de normas Y PRINCIPIOS (¡ojo!), que resultan escurridizos a los algoritmos.
En suma, sé que el tsunami de la inteligencia artificial se manifestará en escritos de abogados que serán fruto de alimentar un programa con problemas jurídicos, y que entrarán al juego no pocos jueces con la elaboración de proyectos de sentencias o fragmentos de sentencias acudiendo a otros programas.
Además no faltarán programas para “disfrazar” los escritos realizados por programas de manera que muestren “defectos humanos”, ni contraprogramas para detectar éstos, y así una escalada de pícaros.
Al final, el clásico duelo de personas frente a otra persona imparcial, puede transformarse en duelo de programas bajo la supervisión de otro programa.
Debe aceptarse el cambio de paradigma del abogado, del clásico letrado que consulta libros y escribe lo que reflexiona (a mano, máquina u ordenador) hacia el ciberabogado que consulta bases de datos legales y jurisprudenciales, que usa la firma y correo electrónicos y vías ágiles de comunicación con el cliente y los juzgados.
Pero ir más allá requiere cautela. El reto consiste en que la tecnología no aplaste y oculte a la persona letrada, o sea, que éste mantenga la última palabra sobre qué y cómo actuar, pero no limitarse a darle a la tecla acríticamente, sino a mantener la reserva del impacto humano.
Ya se empiezan a dar avisos desde los tribunales cuando detectan el abuso de esos programas para introducir aluviones de citas de sentencias falsas, como una conocida sentencia del Tribunal Constitucional que sancionó a un abogado por la falta del debido respeto al tribunal, al incluir reiteradas citas de doctrina que se entrecomillaban como si fueran reales cuando en realidad no existían.
Pero por supuesto, también debe conjurarse el riesgo de que los jueces sean seducidos por tales tecnologías y confundan la economía procesal con la “pereza procesal”, y depositen la decisión sobre hechos y derecho en lo que le diga el “ciego programa”.
Triste sería que letrados y jueces sucumbiesen al tótem tecnológico. Si se opta por el cómodo atajo de la inteligencia artificial se enterrarán valiosas virtudes que han inspirado la justicia clásica que ya agoniza: la sabiduría (distinta del conocimiento de datos); la ética (rebelde a programas que la predeterminen); la conciencia (que no existe en los programas); la sensibilidad (que solo el corazón humano demuestra); la valoración de pruebas testificales y periciales (con esa intuición sana que da el oficio jurisdiccional o la sapiencia del abogado para hacer aflorar la verdad o acierto de lo que se dice); y en definitiva, se perderá la infinita belleza del caso singular (eso que reclama la equidad o justicia con mayúsculas).
Muchas cosas desaparecerán. Desaparecerán controversias, pues ¿por qué embarcarse en un litigio si el algoritmo nos anuncia que está perdido?; desaparecerán apelaciones y recursos, pues ¿Cómo podrá revocarse algo fruto de criterios sólidamente algorítmicos, si no es con otro algoritmo de superior eficacia?; desaparecerán los clientes pues no faltarán «profetas automatizados de litigios» con algoritmos en línea; desaparecerá el trabajo mentefacturado ( facturar por la obra de la mente); y desaparecerán las togas porque ya no son personas las portavoces del derecho sino invisibles programas.
Y como no, se perderá el “sano veneno” de toda disputa jurídica: el juego, la estrategia, el debate y el acertijo para alcanzar la meta de la victoria. Esa ilusión y goce (del abogado persiguiendo «ganar» y del juez persiguiendo «acertar») desaparecerá el día que se confíe todo movimiento jurídico o procesal al frío algoritmo.
Mi viejo chiste de hace una década se quedó corto con lo que se avecina.
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La inteligencia artificial no va a los «juicios», no ve las expresiones de los testigos, los peritos, no puede predecir sus respuestas, ni tampoco improvisar para hacer las preguntas oportunas, no puede conocer los juzgados donde uno litiga, ni hacerse una idea de la «psicología» de Juez o Magistrado de «turno», conocer lo que le gusta y lo que no, en definitiva, en mi opinión difícilmente suplantará al abogado.
No obstante, es evidente que está suponiendo una revolución, ya que agiliza el estudio de las cuestiones de una manera increíble, aclarando las dudas que te surgen sobre la marcha, para las que antes tardabas horas en resolver. Sin duda va a resultar una revolución; pero como también lo fue las bases de datos en su día, donde de una manera rápida encontrabas la jurisprudencia para la que antes tardabas horas y horas navegando en aquellos tochos de «aranzadi».
Un saludo u buen fin de semana.
Con la inteligencia artificial conviene trabajar con varios motores planteando las mismas cuestiones.
Ahí aparece el buen criterio del abogado por ejemplo a la hora de terminar requiriendo que la propia IA le facilite un escrito, un recurso, una demanda etc
Es un regalo del tiempo-espacio la IA, en breve empezará a introducirse en la administracion y la justicia con borradores de resolucion y veremos el cambiazo, la IA razona muy bien, en temas de derecho supera a la media, con IA se reducirá muchísimo la arbitrariedad administrativa y judicial, a donde conduce esto no está claro pero lo que está claro es que es inevitable y parte del destino de la humanidad, si con ella se extingue es porque los gobernantes de lo oculto lo han decidido así y contra eso no hay recurso. Yo hago mis escritos y luego le pido a la IA que uso que los revise y las mejoras suelen ser útiles, es muy buena aclarando y organizando los textos, los abogados ganamos con la IA y la justicia tambien ganará en calidad cuando se introduzca, y lo de testigos y peritos etc… tambien llegará la máquina puede ver en los ojos y en la cara los signos de verosimilitud, por ahora no es necesario con el examen del derecho aplicable a la vista de los hechos incontrovertidos, tiene la solución de alta fiabilidad.
Como dinosaurio juridico pienso lo mismo. Artesanos, orfebres del Derecho, cuando hay tiempo. Como haría un alfarero o un lutier.
Cuanto más sobre cargado estés y menos tiempo tengas, más se usará la IA.
A veces uno se da cuenta que las respuestas de la IA no son correctas o que solo reflejan el estado actual de lo que dice o hace la administracion y sus órganos administrativos… que no siempre es lo correcto.
Por eso son corregidos, a menudo en base a principios juridicos superiores e interpretaciones sistemáticas o finalistas, como recoge el viejo art. 3 CC. Por violar incluso principios de rango constitucional. Si no, no avanzaríamos.
Enriquecedora reflexión José Ramón. Un abrazo.
Eugenio Bajo Fueyo
La tentación ya no vive arriba, como la Marilyn de la película. Vive abajo y se llama inteligencia artificial. Se ha instalado como la vecina despampanante de un mundo jurídico que la observa, ojiplático y fascinado, mientras le promete ahorrar tiempo, ganar eficacia y multiplicar la productividad.
Pero no se llamen a engaño: Marilyn solo hubo una, y es inimitable. La inteligencia artificial no es humana y, lo que es más grave, es inimputable frente al mundo jurídico y frente a la sociedad en general. El abogado, en cambio, no es —ni debe ser nunca— un mero operador de teclas, un subordinado de la máquina, un contable o un facturador de horas (aunque algunos lo parezcan). El abogado es humano —aunque alguno no lo aparente— y seguirá siendo el único responsable de lo que hace y de lo que omite, frente a sus clientes, la sociedad, la Administración y los tribunales.
El buen abogado necesita —y siempre necesitará— pausa, deliberación e individualidad, aunque sea compartida con otros compañeros. Necesita también la incomodidad de discutir consigo mismo: dudar de sus certezas, ponerse en el lugar del contrario, inventar soluciones y estrategias donde parece no haberlas. Su oficio exige creatividad, improvisación —preparada a través de la experiencia— e incluso arte: saber encontrar las fisuras en la legalidad o en la jurisprudencia dominante para introducir o inventar una especialidad que transforme la unanimidad en casuismo.
El Derecho no puede perder su dimensión humana: la sensibilidad, la ética y la conciencia. Y esas virtudes solo pertenecen al abogado; no son programables.
La inteligencia artificial es un instrumento, puede asistir y ayudar, pero nada más. Si se delega en exceso en ella, se corre el riesgo de extinguir lo más valioso de esta profesión: la capacidad de razonar, inventar, adaptar, transformar la norma en justicia, convertir la letra en equidad y hallar en cada caso singular la verdad que ningún algoritmo puede anticipar.
La nonagésima vez que descubrimos el fuego y la nonagésima vez que surge la misma sombra en la pared… Al final, las posibles virtudes y los posibles vicios van ligados a la persona que sujeta la antorcha. Formularios ha habido siempre, así como colecciones de jurisprudencia; cuando llegó Westlaw y Aranzadi (recuerdo que las contratamos en ese orden) al filo del 2000, ya se vaticinó el desplazamiento del factor humano casi a lo testimonial en todos los foros jurídicos, ya íbamos a ser relegados… Y aquí estoy y sigo trabajando todos los días igual; si la IA era esto, que me devuelvan el dinero. Yo, pese a mis reticencias y que por edad me corresponde ubicarme en el «team dinosaurio», he trabajado y me he empapado hasta cansarme con varias de las supuestas soluciones virtuales inteligentes y tienen sus ventajas -no las niego-, pero sigo teniendo que revisar cualquier cosa, siguen fallando en cosas muy básicas y -a día de hoy-, todo se reduce a la falta de humanidad que todavía se le huele a la legua. Lo siento pero la maquina de Oz sigue fallando en lo mismo, no hemos sabido dotarla de «alma», el fallo de la máquina es el error humano, verbigracia.