Ese es mi destino. El que he querido o el que la fortuna me ha deparado. Tras las vacaciones, toca abrir la puerta del despacho y dirigir una mirada como la de Papá Oso cuando regresa del bosque a su casita y observa si alguna Ricitos de Oro ha tocado sus cosas. Toca sentarse a la mesa, mirar los legajos de papeles, examinar la correspondencia no abierta, dedicar mirada de soslayo a los post-it (“urgente”), recolocar las revistas jurídicas recibidas con la esperanza de tener tiempo para leer los sumarios, y amontonar algunos libros, o barajar fotocopias de normas y sentencias.
Después, por alguna atávica razón, suelo colocar los portalápices, toquetear los bolígrafos, abrir los cajones, y finalmente, encender el ordenador. Unos segundos de espera, y como un perro fiel, tras reconocer la contraseña que tecleo, la pantalla se ilumina y se abre todo mi universo laboral. El que dejé justo antes de irme de vacaciones.
Luego, suponiendo que pueda calificarme de administrativista, sufro síntomas del síndrome del impostor pues me parece que lo de administrativista es algo que debería predicarse de alguien tan valiente y avezado como los marineros que doblaban el Cabo de Hornos, hazaña que les permitía llevar un aro como pendiente, para aviso de otros navegantes pues entre el siglo XVI y XX se contabilizan más de ochocientos barcos hundidos.
En efecto, no es fácil navegar en las aguas turbulentas del derecho administrativo, ni como funcionario, abogado, juez o profesor. No. Es una disciplina cuyos hilos maneja el poder público, que se expande y contrae, que se guía por el faro luminoso del interés general pero que debe superar los ataques doctrinales de Escila y los remolinos jurisprudenciales de Escila. Además, el Tribunal Constitucional debe ignorar los cantos de sirena políticos para evitar perder el rumbo.
Siguiendo con la mitología griega si de la cabeza de Zeus nació la diosa Atenea que encarna la guerra y la astucia, del Derecho Administrativo se desgajó el Derecho Tributario, pero también otros dioses del Olimpo público: derecho urbanístico, derecho patrimonial, derecho de la función pública, derecho expropiatorio, derecho de la contratación, derecho de la energía, etcétera. El problema es que cada hijo se ha emancipado y brilla con principios y ruta propia.
Y lo que es fatal para el jurista estudioso: la disciplina es inabarcable. Solo cabe la especialización. En otras palabras deliberadamente redundantes “el especialista en derecho administrativo tiene que estar especializado en alguna de sus especialidades”. Y por ello, aunque exista un tronco común de principios, instituciones, institutos, técnicas y conceptos, de poco sirven si no se domina el tejido normativo y jurisprudencial de cada materia. Y como no, ayuda mucho el talento y la experiencia de cada uno, que forjan la intuición y que permiten captar el fumus de cada asunto.
Es cierto que siempre quedará en el estudioso y veterano administrativista, la visión de conjunto, el plano-secuencia, del derecho administrativo cualidad que poseen en máximo grado los grandes maestros que todos admiramos (como a los grandes maestros de ajedrez, “por sus obras los reconoceréis”: los académicos que son leyenda en vida, los magistrados que hacen honor a la toga con jurisprudencia formidable, y los abogados que luchan por los clientes como cosa propia, consiguiendo remover los obstáculos del sistema).
El resto de los mortales con toga, luchan dignamente por moverse en el tablero del derecho administrativo pero el juego se ha vuelto endiabladamente complejo, y con pronósticos difíciles.
Por eso, si al académico le manda la jurisprudencia sus conjeturas a la papelera, si el abogado pierde un litigio, si al juez le revocan la sentencia, si el último tribunal en resolver es criticado ferozmente por la doctrina, o si el funcionario se desorienta ante la inundación de normas o criterios interpretativos, nada de preocuparse. La incertidumbre es algo implícito en la disciplina de derecho administrativo, pero no cuestiona su existencia y utilidad, pues por encima del derecho administrativo en pie de guerra, del litigio y del caso concreto, está un derecho administrativo invisible que se aplica por naturalidad por la Administración, y que se cumple por la ciudadanía con ínfima litigiosidad.
Así y todo, nos queda a los administrativistas el consejo que el cónsul Quinto Arrio dedicá al galeote Judá Ben-Hur en la conocida película, cuando le aconseja para sobrevivir a su condena como galeote “Remad y Vivid”.
Así que queridos amigos juristas, todos en sus puestos, listos para el combate, que las vacaciones han pasado, y el derecho administrativo aguarda. Y que no falte la ilusión en la Justicia, que ni la bondad de una religión tiene que ver con los clérigos y feligreses, ni la grandeza
P.D. Tras esta presentación de la temporada, arrancará nuevamente el blog con el tono y voluntad que lo ha caracterizado estos últimos diecisiete años (¡17!), y gracias a todos los que lo leéis, comentáis o me animáis. Mientras tanto, si alguien quiere refrescarse con las novedades jurídicas, pueden asomarse a algún blog de la materia de su agrado en el Directorio Temático de Blogs Jurídicos, que está actualizado por materias y donde abunda material fresco, útil y gratuito.
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Deseo y espero que todos tengan un vuelta placentera. Ya queda menos para las siguientes vacaciones. Un saludo.
Sé bienllegado, querido.
una delicia. y un placer. de nuevo. gracias Don José Ramón.
Ánimo y fuerza a los compañeros y compañeras para el trabajo que ya ha empezado. Cordial saludo
Un destino como el de Sísifo, mutatis mutandis, conocido por engañar a la muerte y luego ser castigado por Zeus cuando, abajo en el Hades, tuvo que hacer rodar una vez tras otra una piedra colina arriba.
«Entonces presencié la tortura de Sísifo, mientras luchaba con una enorme roca con ambas manos. Apoyándose y empujando con las manos y los pies, empujaba la roca cuesta arriba hasta la cima. Pero cada vez que estaba a punto de hacerla caer sobre la cima, su peso la hacía retroceder, y una vez más la roca rodaba hacia la llanura. Así que una vez más tuvo que luchar con la cosa y empujarla hacia arriba, mientras el sudor brotaba de sus miembros y el polvo se elevaba por encima de su cabeza. (Odisea, Libro 11:593)»
Honor y gloria, para ti y para todos los que luchan por el Derecho: ánimo y fuerza.
«La lucha por el Derecho posiblemente sea la más inútil de todas las luchas, pero al mismo tiempo, por otra parte, debe tenerse siempre muy presente que más allá del Derecho se encuentra la frontera de la negación de la Justicia, territorio en el que imperan los jinetes de lo apocalíptico».