Cuando se lee algo bueno, y además sonríes y ríes en su lectura, hay que recomendarlo. Bastantes tostones y artículos plúmbeos dan las revistas y libros jurídicos, por lo que cuando se lee un artículo breve, divertido y con moraleja jurídica, hay que divulgarlo.
Es el caso del artículo publicado en fiscalblog por el abogado Javier Taboada y que se titula «Una mañana en la universidad…». Una mezcla de Kafka, Forges y Berlanga.
Lo triste es que la anécdota, con reflexiones incluidas, no solo se da cuando se intenta acometer una gestión o trámite ante una universidad pública, sino que es algo que todos hemos vivido en tiempos recientes ante administraciones locales, autonómicas e incluso ante las oficinas estatales (que eran el reducto de la eficacia). Y es que lo automatizado, lo electrónico y lo deshumanizado han ganado la batalla al particular de buena fe que solo quiere presentar un escrito, informarse de algo o hablar con alguien que le diga la razón de la tardanza en resolver o de la negativa).
Y confesaré que son un «converso» a lo electrónico y algorítmico, pero a la fuerza, como los judíos que en la edad media se convertían al cristianismo pero realmente seguían con sus creencias.
Por favor, dele la oportunidad a su agotada mente de salir al recreo y relajarse. Aquí lo tiene.
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Un humorista le dio el nombre de Franz Kafka a la calle trasera de la Ciudad de la Justicia de Málaga
Como malagueño, doy fe de que el dato es muy cierto. Además, también está por esa zona la calle Pirandello, para abundar en el contraste. Al menos, no todo está perdido, pues siempre nos queda la «compensación» con la avenida de Gregorio Prieto y el bulevar Louis Pasteur.
Una pieza deliciosa y cruel a partes iguales: tan bien escrita que uno avanza entre la risa y el escalofrío, porque cada escena tiene ese brillo incómodo de lo reconocible.
Un retrato quirúrgico de esa burocracia hipertrofiada que convierte cualquier trámite en un vía crucis administrativo, donde la tecnología —convertida en tótem y coartada— sirve más para levantar murallas que para abrir puertas.
El artículo captura con precisión esa coreografía absurda de ventanillas, sellos digitales, pantallas que no funcionan y funcionarios parapetados tras protocolos que nadie entiende. Y lo hace con un humor que, por su exactitud, resulta devastador: uno se ríe… hasta que recuerda que lo ha vivido.
Y lo peor es que estamos ante el retrato fiel de un sistema que, en su laberinto de trámites, oscuridades y excusas, ha dejado de ver al ciudadano como sujeto de derechos para tratarlo como un intruso.
Un sistema enamorado de sí mismo y que, como buen narcisista, exige sumisión… y no tolera dudas, no permite discusiones ni perdona críticas.
En definitiva, magnífico trabajo literario de Javier Gómez Taboada: no solo por lo que cuenta, sino por hacerlo con su inimitable estilo.
Qué detalle más bueno por parte del interesado, abogado de profesión, maltratado por la administración universitaria, tanto desde el punto de vista administrativo, como desde el punto de vista académico, que no ha querido desvelar de qué Universidad nos habla.
¡Cómo me suena su descripción del campus y la foto de la biblioteca!
Un saludo.
Manuel (Vigo, Pontevedra)
El artículo nos hace retroceder muchos años cuando el «registro de entrada» era el primer obstáculo a salvar en el calvario administrativo o judicial de cualquier solicitud o recurso. En esos registros había algunos funcionarios que se creían De Castro, Enterría y Sainz de Bujanda a la vez y sometían los escritos a un riguroso análisis sin trámite de subsanación para el incauto presentador. !Benditos sean los registros electrónicos y muchas felicidades al autor de ese brillante artículo que nos dice que su caligrafía es patética pero que escribe al nivel de los mejores narradores de este país!.
Es una lástima que el autor, abogado de profesión, no haya querido proseguir con su objetivo, cual era conocer los motivos de su no elección. Habría sido igualmente gracioso el tramitar administrativo y, de ser el caso, judicial del asunto.
Quizá no lo ha hecho porque sabe que la pequeña anécdota graciosa gusta, pero mantener la defensa de su derecho individual le habría convertido, no ya en un fascista (como reconoce ser), sino en algo aún peor: un molesto insolidario, no legitimado y cargado de mala fe procesal tocapelotas. Y quizá sabe también que, por ello, habría sido castigado con unas merecidas costas por pretender que las instituciones cumplan con la función para la que fueran creadas.
Una pena habernos perdido lo que se antoja que habría sido también un divertidísimo relato, aunque hubiese callado también el nombre del Tribunal competente, no fuera a ser que alguien no pillara la gracia y pudiera molestarse.
Nos reímos de las bobadas, pero deberíamos extinguir el poder de los bobos…