Contencioso

De ciudadanía y vandalismo (I)

Graffiti 1990.
Se queda perplejo Sevach ante el debate social en España sobre el contenido del currículum de la nueva asignatura Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos, creada por la Ley Orgánica de Educación (LOE). Parece que nuevamente, bajo la Ley de Parkinson de la Administración Pública, cuando algo cae en manos de burócratas y políticos y se somete a filtros técnicos, jurídicos y audiencia a todo tipo de Asociaciones y Organizaciones (incluso de orientaciones ideológicas distintas y distantes), el resultado será un engendro administrativo de impronosticable desenlace práctico.Y es que parece ser que la medida se proyectará hacia la dimensión humana de la sexualidad, el respeto a las opciones laicas o religiosas de los ciudadanos y el pluralismo moral, cuando lo que sencillamente demanda fervientemente la sociedad es que la asignatura “Educación para la ciudadanía”, sirva ni más ni menos que para conseguir “ciudadanos educados”.

El Estado debe actuar con exquisita prudencia y tacto cuando se trata de cuestiones tan íntimas y personales como el sexo, la religión o la moral, cuyo aprendizaje es espontáneo en el actual contexto constitucional plagado de derechos y libertades, que sobradamente garantizan la conciencia crítica y desarrollo de la personalidad del adolescente. Sin embargo, el Estado debe combatir activamente las conductas antisociales mediante formación de signo contrario, esto es, en los “usos sociales”, como sencilla herramienta que reporta grandes beneficios a la colectividad. Se trataría, como afirmaba Jenócrates de Calcedonia, de que “Lo más importante es que el alumno aprenda a hacer por su voluntad lo que otros sólo hacen obligados por la ley”.

Para Sevach, no se trata en materia educativa de volver a criterios rancios que confundían respeto con humillación y pobreza de espíritu. Tampoco puede pensarse que la propuesta del Defensor del Pueblo de eliminación del “tuteo” entre alumnos y profesores pueda conseguir la mágica bondad ciudadana, idea tan simple como la anacrónica medida del Papa Ratzinger sobre la rehabilitación de la misa oficiada en latín que nada mejorará la tasa de llamados al cielo prometido.

Mas útil sería brindar el ejemplo de la tolerancia y respeto desde los foros públicos que parecen ensañarse en la “contraeducación”: las disputas parlamentarias que a veces escenifican “contiendas de verduleras”, los debates políticos donde no hay límite para la denigración del contrario, los periódicos que se acostumbran a retorcer la verdad para no estropear un titular, y como no, el instrumento “educativo” mas adorado, la televisión, cuyos canales no solo manejan en los noticieros la realidad como plastilina al servicio de su particular orientación ideológica, sino que en los restantes programas parecen rivalizar en ofrecer lo más grosero, insultante e injurioso, demostrando una especie de “todo vale” para el escaparate mediático. No es deseable una sociedad de meapilas, castos e hipócritas, pero tampoco una sociedad de salvajes, promiscuos avasalladores o groseros.

La reciente Sentencia de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Audiencia Nacional de 31 de Mayo de 2007 a los efectos de apreciar la buena conducta cívica cara a obtener la nacionalidad española precisa que ello se acredita “no sólo no infringiendo las prohibiciones impuestas por el ordenamiento jurídico penal o administrativo, sino cumpliendo los deberes cívicos razonablemente exigibles según el estándar medio a que alude la doctrina del Tribunal Supremo, sin que la no existencia de antecedentes penales sea elemento suficiente para entender justificada la buena conducta cívica”.

En otras palabras, no basta para ser buen ciudadano aquello de “no robo, ni mato”, sino que requiere un plus, referido a observar la conducta “razonablemente exigible según el estándar medio” esto es, lo que según los usos sociales puede y debe esperarse de la sociedad civilizada en que vivimos. No de la sociedad panameña ni guineana, ni del siglo de las luces, sino de los hábitos y nivel de respeto que la mayoría de la sociedad española “aquí y ahora” considera razonables.

Para ser “ciudadano” español basta jurídicamente con ostentar la nacionalidad española, aunque sociológicamente puede considerarse ciudadano a quien reside legalmente, ya sea español o extranjero, pero para el “buen” ciudadano “no nace sino que se hace”.

El reto del poder público, y concretamente de la Administración educativa, es forjar aptitudes y actitudes en los alumnos de hoy que propicien los ciudadanos del mañana. Sin embargo, los profesores asisten en las últimas décadas a “juegos de mayores”: ultimar las transferencias de competencias educativas, rediseñar sistemas educativos según la moda o capricho del político bajo la piel de pedagogo, repartirse puestos y cargos, reordenar especialidades, malcriar a los consejos escolares, demonizar las calificaciones numéricas y los castigos, enredarse en modelos retributivos, etc. Y así, como dice el refrán, mientras “los gatos enredan, los ratones juegan”.

En efecto, el resultado de las encuestas entre el profesorado, tanto del sector público como privado, es preocupante. Aunque siempre hay excepciones por la ley de los grandes números, tanto el nivel educativo con mayúsculas (cultura general) como el de educación con minúsculas (respeto y cortesía), desciende peligrosamente. La inmensa mayoría de alumnos y profesores carecen de entusiasmo en sus obligaciones escolares. El profesorado desencantado actúa como decía el rector Unamuno: “No pocos de nuestros maestros, de todos los grados, me parecen, cuando van a dar sus enseñanzas, curas ateos que van a decir misa ante el altar de un dios en quien no creen”.

Podrá discutirse el contenido de tal educación según la orientación ideológica, pero existe un clamor unánime sobre ciertos aspectos que deben ser insertados en el “chip neuronal” de los alumnos para garantizar ese difícil equilibrio que es la convivencia.

Para Sevach, el precio de la libertad, de la tolerancia, de la coexistencia de variopintos ciudadanos (múltiples tendencias, religiones, razas, aficiones y pasiones), reside en la necesidad de garantizar la observancia de un mínimo de reglas del juego democrático, que se traduce en el respeto de los demás y de lo que es de todos.

Viene al caso porque Sevach cuando pasea por las calles de algunas ciudades españolas se queda sorprendido de que para los graffiteros, cualquier muro o fachada, incluso inmuebles propiedad de la Iglesia o vehículos del transporte urbano o ferroviario, son útiles para realizar lo que seguramente consideran una heroicidad o su “arte”, armados con aerosoles de colorines, sin tomar en cuenta el daño que ocasionan al romper a su capricho la armonía estética, o infundir leyendas de mal gusto o pintadas agresivas visualmente.

Es verdad que el término Graffiti fue usado por primera vez por los arqueólogos para dar nombre a las escrituras informales en tumbas y monumentos antiguos, al referirse a ellos con la palabra griega graphein que significa “escribir” y que derivó hacia la llamada Graffito o Graffiti si se habla en plural. La resurrección de la palabra vino de la mano de grupos marginales en Nueva York a mediados del siglo pasado y fue utilizada bien como forma de expresión de la juventud reaccionaria, como manifestación de tribus urbanas o como panel político.

Sin embargo, hoy día la mayor parte de los graffitis constituye expresión del simple desprecio del mobiliario público y urbano, sin ninguna otra vocación de mensaje mas allá del puro narcisismo del autor para proclamar su mediocridad al mundo o “marcar su territorio” estampando una señal, un jeroglífico, un borrón o incluso un bonito dibujo, pero la belleza estética en lo que pertenece a todos deberán decidirla todos y no el capricho del graffitero de turno.

Una cosa es el arte y otra muy diferente el vandalismo. Sevach se plantea múltiples cuestiones: ¿Por qué deben los ciudadanos soportar el impacto visual de algo que viene impuesto de forma unilateral por el capricho infantil del vándalo?, ¿Por qué deben los Ayuntamientos e indirectamente los ciudadanos sufragar los elevados costes de limpieza y reposición de fachadas y equipamientos a sus condiciones originales?, ¿Qué opinaría tal vándalo si su motocicleta, equipo musical o habitación fuese decorada por chorros de pintura o bañado por estiércol de vaca suiza?. ¿Por qué a los vándalos les parece tan intolerable un virus informático que entra en su ordenador y en cambio les parece que la sociedad debe soportar el virus del pulverizador de pintura que entra en los espacios públicos y los hace irreconocibles?.

Y es que el paso de la tiza al spray marca el tránsito del gamberro al vándalo, y cuando tal proceder pasa de lo ocasional a lo habitual, nos hallamos ante un perfecto canalla. La respuesta del Derecho público es necesaria, en primer lugar, porque los graffittis y pintadas tiznan el paisaje urbano y la ciudad es de todos; en segundo lugar, por los ingentes costes públicos de limpieza para reponer la situación anterior; en tercer lugar, por el menoscabo de patrimonio cultural e histórico-artístico, expuesto para garantizar el acceso al arte y que se ve sometido a la lapidación del aerosol; en cuarto lugar, porque un acto vandálico revela un fallo del sistema educativo; y en quinto lugar, la reiteración de tales pintadas e incluso la dotación estable de partidas presupuestarias municipales para reponer el estado original, demuestra la ineficacia y errada estrategia de las Administraciones locales.

Por eso Sevach destinará su próximo alegato a señalar las medidas de reacción ante tal fenómeno, pero no se resiste a transcribir un ejemplo de legítimo desahogo ciudadano mediante un graffiti, tal y como nos cuenta el insigne procesalista Calamandrei (en su “Elogio de los Jueces”), quien relata que en una de las columnas del atrio de la Corte de Casación en Roma, frente a las puertas de la Sala de lo Penal, alguien había anotado con lápiz de grafito, algo que traducido al castellano, decía: “Yo, Rocco Salvador/ llegado hasta aquí desde mi pueblo/ después de un largo viaje/ para asistir a la audiencia/ de mi causa/entré ahí/ estuve de pie tres horas/ vi a la Corte/ que dormía/ que rechazaba mi recurso/ y que volvía a dormir“. En fin, queda claro que ni todo graffiti es arte ni todo basura.

0 comments on “De ciudadanía y vandalismo (I)

  1. Este texto esta equivocado, el graffiti es un arte lo único que por ser asociado a vandalismo es rechazado, sinembargo, cojer un pincel y dar cuatro apuñaladas al lienzo se dice que es arte contemporanea o abstracta, pues pienso que el graffiti es un arte mas bonito.
    Soy un alumno de 4ESO, no he repetido ningun curso y he sacado notas de pormedio notable excelente y soy artista, es decir, trabajo tanto con pintura como con aerosoles y pienso que lo que hago no es vandalismo, ademas que pido permiso para pintar.
    Hay un esteriotipo difundido de que solo sabemos destrozar y ayanar las paredes públicas, pero yo no hago eso, hago obras que son dignas de admirar.

  2. Comparto lo que dices, pero si lees el texto con atención comprobarás que no se niega que el graffiti sea un arte, y que hay auténticos artistas del aerosol, sino que lo único que se reprocha es el abuso de los espacios e instalaciones públicos SIN AUTORIZACION para imponer su “pintada” (sea o no arte) al resto de la sociedad o perjudicando lo que es de todos. De hecho, el Museo de Arte Moderno de Nueva York tiene salas destinadas a graffitis, y no puede olvidarse que hasta Miguel Angel practicaba en muros antes de centrarse en la Capilla Sixtina, y es que “las exploraciones artísticas de hoy son el arte del mañana”. O sea que arte, grafitti y educación ciudadana son compatibles y quien no lo entienda así podrá tener una obra maravillosa pero no merecerá ningún respeto social.

  3. michael

    el garfiti es algo en donde nosotros los adoslecentes expresamos algo que es imporatnte para nosotros pero para otras personas es algo malo por eso .localifiocan desalvajismo o tambien llamado vandalismo pro en si para mi el garffiti es algo muy chevere

  4. Anónimo 2

    Buenas, estoy totalmente de acuerdo con Sevach, parcialmente de acuerdo con Anonimo y en desacuerdo con Michael.

    A michael y anónimo, os digo que seguramente hay grafiteros que piden permiso para realizar su arte y/o se expresan pintando en sitios que no molestan, pero no podéis negar que existe también un gran número de grafiteros que no hacen esto y pintan una y otra vez en sitios donde saben que no deberían… y es ésta falta de respeto a los demás la que denuncia Sevach y gran parte de los ciudadanos.

    Y es muy fácil decir (michael) que para “otras personas es algo malo o no es importante”, sin embargo la mera preocupación y los múltiples intentos por encontrar una solución a la situación de los graffitis ya demuestran que para esas “otras personas” SI es importante, incluso preocupante (cosa que contrasta con la indiferencia de muchos de estos “artistas” ante la opinión de los demás).

    Nunca se ha querido prohibir a los adolescentes este medio de expresión, pero si se les ha intentado explicar que el mismo está limitado en cuanto entra en juego el derecho de otros ciudadanos y el respeto por un mobiliario común que no puede verse modificado de manera unilateral y al gusto de cada cual.

    Tambíén se ha intentado dar alternativas, cediendo determinados muros y edificios para la práctica de este arte a distintos grafiteros (véase por ejemplo la guía que ofrece la oficina turística de Granada del “Chaval de las pinturas”), poniendo muros al servicio de los grafiteros en infinidad de eventos como festivales de musica (Festimad), e incluso adaptando espacios de centros culturales y museos…

    En fin, el problema, en mi opinión (y no puedes olvidar esto Sevach) es que al grafitero (adolescente o no) en la inmensa mayoría de los casos esto no le basta, ya que necesita que su arte se grabe en sitios públicos y mobiliario urbano para que su obra tenga sentido y su ego se vea ensalzado. Y si le quitas ese aliciente y el elemento de emoción que le da el hacer “algo prohibido” a su “hazaña” el grafittero no queda satisfecho…

    Por tanto, si calificamos el grafitti como arte, y el arte como toda aquella expresión (de algo) a través de distintos medios plásticos… la pregunta (hacia los grafiteros) sería:

    ¿Crees que poner tu nombre o firma con letras tan grandes como una persona es la expresión de algo, algo que sea más grande que tu propia persona? Porque, si no lo es, lo único que estás haciendo es un ensalzamiento de tu ego a costa de los demás que tenemos que sufragar tu capricho.

    Muchos artistas, en principio desacreditados o infravalorados, y calificados de meros provocadores, consiguieron el mayor de los reconocimientos con el tiempo y las cotas mas altas de gloria en la historia del arte, asi que ¿quien sabe? puede que algún día se reconozca esta práctica como un arte… pero por ahora teneis que entender que para la gran mayoría de la sociedad esta práctica constituye un acto de vandalismo, en cuanto que no respetais el sentir de la mayoría.

    Una cosa está clara, esos artistas a los que me refería hace un momento realizaban su arte con sus propios materiales y en los lienzos, cuadernos, etc, que ellos mismos se pagaban (alguno incluso murió pobre, dejando junto con su obra la huella del infinito compromiso con su arte), asi que OS PROPONGO QUE PROBEIS A REALIZAR VUESTRO ARTE EN LAS PAREDES DE VUESTRAS PROPIAS CASAS, LAS DE VUESTROS PADRES, AMIGOS Y FAMILIARES, SI OS DAN PERMISO… A VER QUÉ SUCEDE?

    Un respetuoso saludo a todos y feliz año 2009!!!

  5. Anónimo 2

    P.D.- Anónimo, el verbo es APUÑALAR, pero el resultado son “puñaladas” no “apuñaladas”. Y si somos escrupulosamente correctos, me atrevería a decir que las puñaladas no se “dan”, sino que se “asestan”. No te lo tomes a mal, eh? Todos cometemos errores, yo el primero. Un saludo!

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