Tras el descanso vacacional, me complace anunciar que mañana 1 de septiembre será el pistoletazo de salida de la nueva temporada del blog delajusticia.com para seguir compartiendo actualidad, reflexiones y sana crítica.
Calentaré motores con unas líneas.
Cuando estudiaba en la Facultad me creía lo del “ordenamiento jurídico” como mágica fórmula con soluciones para la vida social, inspirada en racionalidad y bajo legitimación democrática. El esqueleto del modelo de Kelsen, donde cada categoría de norma tenía su posición y función, me parecía elegante y atractivo. Los políticos me parecían responsables y los ciudadanos éramos su correa de transmisión.
Sin embargo, pronto me caí del caballo, pues desde entonces he perdido ingenuidad. Me estoy acostumbrando a la sorpresa jurídica que procede de múltiples frentes:
De los torpedos en la línea de flotación de la vida: pandemia, calentamiento global, etcétera.
Del impacto de grandes actores internacionales: globalización, multinacionales, señores de la guerra, etcétera.
De la ocurrencia de los parlamentarios espoleados por los gobiernos.
De las leyes cortoplacistas, que salen del paso… pero nos pisan
De las leyes políticamente correctas, que jurídicamente son incorrectas
De un Tribunal Constitucional pusilánime y lento, cual vaca sagrada que todos respetamos pero poco nos alimenta
De un Consejo General del Poder Judicial nefasto e ilegítimo, con lo fácil que sería un ataque de dignidad en sus vocales para dimitir y provocar la renovación.
De jueces y tribunales poniendo sentencias como la orquesta del Titanic, mientras el buque jurídico sufre el impacto con la sinrazón.
De los abogados, como sufridos malabaristas de leyes y sentencias, cada día más y más escurridizas.
De los académicos, que escriben mucho para lo poco que se les lee, menos se les entiende y nada se les atiende.
De los funcionarios, por su paciencia propia de escarabajos peloteros empujando la bola de la gestión hacia donde les indican.
De la ciudadanía en general, pues votamos de forma impetuosa y mal informados, como los indios a los que Colón les ofrecía espejitos a cambio de oro.
En definitiva, como jurista y como ciudadano, no estoy nada cómodo con los derroteros del ordenamiento jurídico, ni con la debilidad de los pilares de lo que debería sostener una vida tranquila. Como decía Diógenes, «la vida no es mala, lo malo es vivir mal». Es terrible que nos estemos familiarizando con lo INSOSTENIBLE.
Insostenible el sistema de pensiones, insostenible la presión tributaria, insostenible el pago de la energía, insostenible el caramelo envenenado de lo tecnológico, insostenible una sanidad que muere de éxito, insostenible una educación donde todo vale, insostenible modificar leyes por razones estéticas y no éticas, insostenible, en definitiva, la huida hacia adelante cuando ese “adelante” no sabemos si oculta un abismo.
En ese caos jurídico, que siento y presiento que se irá agravando, cobra enorme actualidad un viejo trabajo del profesor García de Enterría, titulado “Justicia y seguridad jurídica en un mundo de leyes desbocadas”(1999), con cuya proverbial sabiduría, apelaba finalmente a aferrarse a la defensa de los derechos civiles y de los derechos fundamentales de los individuos enarbolando los valores y principios generales del derecho, lo que nos permitiría ir “sobrenadando, quizás penosamente, pero resueltamente, en el mar normativo incesante al que nuestro tiempo parece habernos totalmente condenado”.
Con este desahogo, quizá síntoma del malestar del fin de las vacaciones, les doy la bienvenida al blog en esta nueva etapa. Les prometo ser más optimista. No queda otra. Los japoneses tienen una palabra adecuada, Shooganai, que más o menos quiere decir “no queda otra”, pero no lo dicen en sentido pesimista, sino en el positivo de que hay que avanzar y luchar por mejorar aunque el viento sople en contra.
En esta foto resulta visible el desgaste que me produce la situación pero sobreviviré…
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También por claro y valiente te seguimos.
Desde luego, si se trataba de «calentar motores», han quedado bien calientes.
De toda esa desazón, que en parte comparto, la que no me deja dormir es la deriva del TC: La STC sobre el primer estado de alarma declara su inconstitucionalidad porque debió declararse el estado de excepción. Eso significa que (el estado de excepción sólo puede durar 30 + 30 días) según nuestro TC existe una situación (pandemia con efectos y duración desconocidas) para la que nuestro Ordenamiento Jurídico NO tiene solución (los ciudadanos debimos morir). En la prestigiosa Facultad de Derecho de Sevilla de los 80 y 90 me enseñaron que el Ordto. Jco. tiene todas las soluciones para todos los problemas. Me parece, con todos los respetos y desde mi derecho a la crítica jurídica, la Sentencia más nefasta y perversa de la historia de nuestros Tribunales de Justicia. Saludos