He compartido vida administrativa con miles de funcionarios a lo largo de cinco destinos en la cosa pública. La inmensa mayoría excelentes como profesionales y como personas. Sin embargo, dentro de esa “comunidad de vecinos” en que se convierte cada administración para la que trabajamos, hay personas especiales con luz especial.
Es el caso de Pilar Jiménez Tello.
Quien diga que los funcionarios son vagos, no la conoció. Quien diga que los funcionarios son fríos, no conoció a la sensibilidad en persona. Quien diga que los funcionarios obtienen plaza y se echan a dormir, no habla de ella.
Conocí a Pilar en la década de los noventa (del siglo pasado, claro ¡cómo suena!). Funcionaria de la Universidad de Salamanca, inicialmente como técnico de calidad de gestión pública (campo pionero que tanta falta hacía explorar).
Mientras estuve destinado en la que siento como «mi Universidad», asistí a su fulgurante y merecida promoción, mientras creció mi admiración por su siempre discreta y eficaz labor. Le encantaban esos dos hermanos jurídicos siameses que son el Derecho administrativo y la Ciencia de la Administración, y se movía como pez en el agua en cuestiones de calidad y organización administrativa, alzándose en estas últimas décadas como un referente académico en auditoría y evaluación pública, y defensora de los derechos de la mujer. Acumuló publicaciones, conferencias y reconocimientos públicos, cuyo último hito fue el libro homenaje que se le brindó en la recientísima obra titulada «A Justiça e o Direito no contexto Ibero-americano: estudos em homenagem à Pilar Jiménez Tello“ (Ed. LiberArs, 2023).
Su carta de presentación siempre la acompañó: una mirada cálida y una sonrisa sincera con un talante risueño y generoso. Además contaba con uno de los dones de los que carecemos los que nos creemos algo: una bendita humildad.
Tras irme de la Universidad de Salamanca, pude verla de forma discontinua al hilo de algunas visitas que hice a la misma, con ocasión de charlas y eventos. Supe de su excelente labor desde su adscripción a la Vicesecretaría General de la Universidad de Salamanca y en su último destino como Subdirectora de la Fundación General, lo que simultaneaba con su condición de doctora y profesora de derecho administrativo; se sentía orgullosa de formar parte del equipo de Ricardo Rivero, y éste orgullosísimo de contar con ella, a la que dedicó siempre sentidas palabras de reconocimiento de su valía personal y profesional.
En todos sus cargos, que nunca sintió como una carga sino como un honor por poder servir a la comunidad universitaria y científica, se caracterizó por pertenecer a esa extraña especie de quienes resuelven problemas y no los crean. En mi experiencia personal, siempre me atendió con diligencia y hacía lo imposible convirtiéndolo en realidad. En ese goteo de visitas nos saludábamos con el gozo de los viejos amigos, intercambiábamos chispazos del pasado sobre personas queridas por ambos (solíamos invocar a dos personas del pasado salmantino compartido, una que no estaba, Teodoro Cardoso León, y otra que afortunadamente está, Antonio Alonso Sánchez).
En el último y reciente viaje con Antonio Arias a Salamanca (con ocasión del homenaje a D. Santiago Ramón y Cajal) comentamos su delicado estado de salud y nos comprometimos a sacar un hueco de tiempo para saludarla y darle ánimos porque sabíamos del tremendo bache de salud en que se encontraba. Nuevamente, nuestra estúpida confusión de la urgencia terrenal con lo importante de lo personal, nos llevó a posponer esa visita. No volverá a suceder.
Estés donde estés, Pilar, ten la seguridad de que aquí has dejado un gran recuerdo y firme huella, y allí seguirás brillando con esa dulzura personal en trato que siempre te acompañó. Tu espíritu generoso siempre habitará en la Universidad de Salamanca, que tanto te debe.
Descansa en paz.
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Os acompaño en el dolorido sentir, a vosotros que honráis la amistad.
Emocionante. Muchas gracias por este recuerdo a una grandisima persona en todos los aspectos. DEP
Hola, soy un abogado de pueblo, nada menos y nada más que de la Isla de León, vulgo San Fernando, de Cádiz, y he leído tu «in memoriam» dedicado a Pilar Jimenez Tello. A Pilar nunca tuve el gusto de conocerla pero la semblanza de esta señora que escribes me ha dejado impresionado porque me pongo en tu lugar , acostumbrado que seguro estás al raciocinio , y a que te pase el tiempo sin darte cuenta , y noto como con todo lo que tendrás que hacer , has parado para contarnos las virtudes de esta señora , cuyo trabajo como persona y como funcionaria es toda una lección de vida. Que Dios la guarde.
«Además contaba con uno de los dones de los que carecemos los que nos creemos algo: una bendita humildad».»
«Nuevamente, nuestra estúpida confusión de la urgencia terrenal con lo importante de lo personal, nos llevó a posponer esa visita. No volverá a suceder».
Para escribirlo en mármol.
Yo también lo he aprendido con los años y la dura realidad.
Pilar era una excepcional persona y profissional. Era no és porque ella vá se quedar en el corazón de todos que a conosceran. Besos brasileños, Luiz Fernando
Leer lo que Usted escribe, me reconcilia, un poco, con el mundo
Una gran académica que convertía lo profesional en humano y lo humano en calidez y cercanía. Nos acompañó siempre con Un beso en la frente. La conocí a través de Josefina y las hemos perdido a las dos. Que puedan reencontrase allí arriba. DEP
Siento mucho su fallecimiento. Fuimos compañeras de estudio en la juventud y la recuerdo con mucho cariño.
Emotivas palabras de despedida.
Me parecen muy verdaderas y bellas esas dos afirmaciones que destaca Gerardo: cuanto magisterio y verdad destilan.
En fuego deberíamos tenerlas grabadas en el frontispicio de nuestra conducta, que fuesen, como diría Don Quijote norte y guía, que encaminaran nuestros pasos por la vida
D.E.P.