De Jueces y la Justicia

¿Debemos lapidar a la Presidenta del Tribunal Constitucional?

¿Debemos lapidar a la Presidenta del Tribunal Constitucional?

Recientemente se ha desatado una ola de críticas contra la Presidente del Tribunal Constitucional por la conversación telefónica mantenida con una abogada acusada de asesinar a su marido. De dicha conversación, sus detractores consideran que medió una “recomendación” para que la sospechosa abogada formulase el recurso de amparo ante el Tribunal que preside, con lo que la Presidenta se excedió al ser juez y parte. En cambio, sus defensores consideran que se trató de una conversación simple y habitual sin peligro alguno de su independencia y objetividad como Presidenta del mas alto Tribunal del Estado.

    1. Ni tanto ni tan calvo. Lo realmente grave y censurable es que una Presidente del Tribunal Constitucional se aferre a su cargo vez de renunciar al mismo (no a su condición de magistrado, sino de Presidenta), dimisión éticamente obligada por una doble razón. En primer lugar, por hallarse la prórroga de su mandato como Presidenta en cuestionables condiciones de legitimidad. Y en segundo lugar, por haber demostrado una enorme incapacidad para salvar la maltrecha imagen del Tribunal Constitucional, cuando el papel que se espera de quien representa a la institución es promover cordura, entendimiento, armonía y respeto.

    2. Sin embargo, esa censurable situación, a juicio de Sevach, no autoriza a la lapidación de la Presidente del Tribunal Constitucional cuando estornuda, cuando se le traba la lengua, cuando se ríe con un chiste, cuando no se ríe o no lo entiende, ni cuando recibe una llamada de una persona que abusando de amistades comunes le plantea una velada consulta a la Presidente del Tribunal Constitucional.

    3. Y es que examinando las circunstancias del caso concreto, hemos de reparar en los datos objetivos que deben liberar de responsabilidad a la Presidenta por el incidente. Así, hemos de fijarnos en que la Presidenta del Tribunal Constitucional recibe una llamada (no una visita presencial); la llamada procede de una abogada (de alguien que pertenece a la profesión de quienes creen en el derecho y no de alguien con perfil delictivo); la conversación cuenta con la carta de presentación del fontanero de su inmueble (o sea, no se trata de una conversación mediante precio o bajo inconfesables intereses, sino que responde a la pura cortesía personal). Además tan enojosa llamada es truncada con seca y elegante respuesta por la Presidenta cuando afloran aspectos oscuros (cuando le comenta la abogada consultante que es imputada por asesinato, la Presidente le indica el nombre de dos letrados de prestigio y ultima la conversación).

    Digámoslo fabulando: si el Rey León recibe la visita del lobo por recomendación del mono, no puede culparse al monarca de la selva por despedir al lobo cuando éste le informa que es acusado infundadamente de matar a una tal caperucita roja.

    En suma, frente a Plutarco (la mujer del César no debe solo ser honrada sino parecerlo) prefiero a Pilatos (“no hallo culpa para condenar” ). Y es que, el que la Presidente indicase a modo de despedida, que la avisase si planteaba el recurso de amparo, no podemos ni debemos interpretarlo como prueba de prevaricación alguna, sino tan solo como muestra de forzada cortesía. Así lo ha entendido la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo cuyo auto de archivo no ve delito alguno de “asesoramiento ilegal”, y así lo considera Sevach.

    4. Si la sociedad se deja llevar por condenar frívolamente tales palabras, lo congruente sería prohibir a todos los altos cargos del Estado hablar en público y en privado (convertirlos en esfinges impasibles), y por supuesto, suprimir de un plumazo todos los gabinetes de relaciones públicas de todas las instituciones y autoridades del Estado. ¿O acaso, alguien ignora que tales gabinetes de relaciones públicas, servidos por personal eventual, duchos en relaciones con medios de comunicación y con los prebostes de la política, son quienes manejan los hilos de un tráfico de “información” (no diría influencias) que actúan frecuentemente como “correveiles”, “mensajeros”, “negociadores” e incluso “mamporreros” por cuenta de la autoridad que les nombra?.

    5. En definitiva, no podemos incurrir en el prejuicio, o en la hipocresía de pensar que la Presidente del Tribunal Constitucional, como el Rey, o cualquier alto cargo, son culpables por ser humanos y por no afrontar toda conversación pública o privada bajo el Manual del Gobernante Perfecto (Cruce de Maquiavelo y el Papa). Al contrario, todas las personas (y autoridades incluidas) tienen derecho a relacionarse, a su esfera de intimidad, a su vida social, e incluso a equivocarse con un alcance de lo humanamente entendible. Y aquí si podemos recurrir a un clásico: el que sea inocente que tire la primera piedra…

0 comments on “¿Debemos lapidar a la Presidenta del Tribunal Constitucional?

  1. Maximilien Robespierre

    Ecuánime opinión Sevach. Pero como todo… también el Tribunal Constitucional está “impregnado” de intereses partidarios (de partidos politicos). Una lamentable situación

  2. rutilanes

    “Si alguna vez recurre en amparo, pues ya me vuelve a llamar”.

    Seguro que, después, al pensar la frase, pero, sobre todo, al verla publicada, le debió sobrevenir un cierto arrepentimiento.

    Hay quienes sostienen que no se trataba de mostrar, acaso ofrecer, una cierta capacidad de influencia en el curso del potencial recurso, sino que, en un ejercicio de extrema pulcritud, anticipaba la Presidenta su deseo de apartarse del caso por razón de haberlo conocido (e intervenido o asesorado) con antelación.

    Mas, ¿qué ocurriría si quien recibió la llamada telefónica no avisase a la Presidenta del Tribunal Constitucional del Reino de España de que interponía el recurso? (¡). Y si en ese momento de “desconocimiento” se hubiese hecho pública la conversación telefónica ?

    ¿Puede la estética de tan alta autoridad del estado quedar al albur de la decisión de un ciudadano?

  3. Sevach

    Rutilanes: ¡Espléndida reflexión!. Incluso nos lleva a pensar si se consuma la conducta reprochable con la mera “oferta” o indicación (Avíseme si plantea recurso de amparo…), o si requiere la aceptación expresa y ulterior comunicación de la denunciante. Ciertamente, dejar el prestigio de una Alta Institución en manos de conversaciones promovidas por particulares, resulta excesivo….

  4. Sevach, hay un detalle importante que se te escapa: no es la Presidenta del TC la que recibe la llamada, sino que es la Presidenta del TC la que llama a la abogada en cuestión a instancias de una amiga común. Por otro lado, la frasecita ” si llega al TC, me llama”, suena realmente oscura, y denota una imprudencia, falta de profesionalidad y falta de sentido del cargo que ocupa, que en cualquier país medianamente serio, llevarían a su dimisión, no sólo como Presidenta del TC, sino como Magistrada de ese tribunal. Estamos ante la más calamitosa Presidencia del TC, y la guinda a este periodo es la adecuada a tan vergonzosa trayectoria. No se trata de lapidar a nadie. Se trata de exigir responsabilidades.

    Por cierto, ¿ por qué no nos aclaran si el Magistrado García Calvo fue espiado por el CNI? No sería raro. Aquí conviene recordar que el antecedente del CNI, el CESID, con los socialistas también en el poder, espió al Jefe del Estado.

  5. luis calvo

    De discreta e imparcial no habla la fama de Dña. Emilia Casas. Es actualmente uno de los personajes más controvertidos de la política española. Ella, junto a Magdalena Álvarez, Conde Pumpido y el Mtro. Bermejo han dejado más de una vez estupefactos a los ciudadanos y además del hecho de ser todos ellos bastante metepatas, les une el cómo se agarran al cargo. A ninguno se les ha ocurrido dimitir, teniendo todos sobrados méritos para ello, por unas y otras razones.
    Discreta no he oído, pero pusilánime es uno de los adjetivos que se le aplican a la buena mujer y en la mente de todos la bronca que le propinó- delante de las cámaras-, la Vicepresidenta de la Vega y, más recientemente, hasta se atrevió a increparle Soraya de Sta. María.

    Un Ministro con esa imagen, malo; Pero en el caso de un/a Presidente/a del Tribunal Constitucional, es mucho más grave.
    Por esa imagen que se ha labrado, por estar cuestionada la prórroga de su mandato y ser muy escasa credibilidad que merece, debería dimitir.

  6. Acabamos de saber que el pleno del Tribunal Constitucional ha decidido por nueve frente a uno, “agradecer su sinceridad a la señora Presidenta”. O sea, que a la imprudencia y falta de sentido de Estado de doña María Emilia, la que fue abroncada públicamente por doña María Teresa, la Vicepresidenta del Gobierna, se une la falta de pudor del resto de Magistrados, todos menos Jorge Rodríguez Zapata, que se atreven a reirse de los ciudadanos que les pagamos el sueldo, y se descuelgan con “agradecimientos” a una señora, por su reprochable conducta. Menuda pesadilla. Menduo tribunal. Y esta gente va a decidir el futuro de España: Estatuto sí, Estatuto no. Madre mía!

  7. William H. Rehnquist

    De ser ciertas las informaciones vertidas ayer en los medios de comunicación, la todavía presidenta del Tribunal Constitucional debería dimitir de manera fulminante. Al parecer, dijo que si no lograba el apoyo unánime de sus compañeros dejaría al cargo y, por tanto, al faltarle el apoyo de uno de los magistrados, debería cumplir su promesa. De otro lado, parece ser que en la reunión de los magistrados del constitucional donde se debatió la difícil situación en que se encuentra la señora Casas, ésta permaneció junto con sus compañeros en las deliberaciones, lo que denota no solo una falta de sentido jurídico, sino una ausencia total de buenos modales, pues lo lógico es que abandonara un cónclave donde ella era el centro y asunto de debate. Supongo que con su presencia querría controlar algún indeciso.
    En fín, que si algo siento es que una persona que es discípula directa de uno de los grandes laboralistas (ya fallecido) de este país, don Manuel Alonso Olea (miembro fundador, por cierto, de la Revista de Administración Pública) arroje por el fango su prestigio y su carrera.
    Lamentable.

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