Dice un proverbio chino, que «bien está rezar en el naufragio pero no dejes de remar hacia la orilla». Lo digo porque la pandemia no ha quedado en un mal sueño sino que se está convirtiendo en una migraña crónica, y sin que las vacaciones hayan servido de punto de inflexión entre la crisis sanitaria y la recuperación del bienestar.
Al despedirme cara a las vacaciones ya advertí que la esperanza jurídica nos aguardaba, y creo que hay motivos para ello. Veamos el papel que nos aguarda como juristas para remar…en la tormenta.
Primero, porque no hay más remedio. La vida sigue y nuestras obligaciones personales, familiares y patrimoniales, requieren que trabajemos por la maldición bíblica como juristas profesionales para ganarnos el sustento con el sudor de la frente, o mas bien, con el sudor de la toga.
Segundo, porque como enseñaba el Zaratustra, «lo que no nos mata, nos hace más fuertes», y creo que más allá de la verdad física del virus a nivel personal y sanitario (pese a la absurda ignorancia negacionista), creo que a nivel social la lección recibida sobre la fragilidad de gobiernos, ciencia y sociedad civil, nos ha de servir para que no se repita nada parecido en el futuro. Espero que aprendamos de los errores y especialmente que todos los gobiernos, presentes y futuros, sepan que con la salud no se juega, que la transparencia no es un florero y que la Constitución ha dejado claro en su art.9.3 el mandato de eficacia para la Administración y el deber de todos los poderes públicos de «promover las condiciones en que la libertad y la igualdad sean reales y efectivas, remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social». ¡ Qué pocas palabras y qué importantes!
Tercero, porque los juristas de hoy tenemos una misión generacional que cumplir, de agradecimiento a la generación que nos precede y de legado para la siguiente. La generación de juristas que ha vivido la pandemia será la que tendrá que regenerar el valor del derecho, de las libertades y derechos fundamentales, devolver la confianza y sobre todo, impedir que España se convierta en una guerra de guerrillas de políticos, de sectores empresariales, de colectivos desplazados de su zona de confort, de lucha por la supervivencia… Aguardan infinidad de conflictos jurídicos con telón de fondo de la pandemia.
La Justicia tendrá que soportar no solo lo que sería la carga habitual en tiempos sin alarma, sino el aluvión de litigios derivados de la gestión o indigestión de las medidas adoptadas durante la crisis sanitaria. El sistema judicial corre serio riesgo de colapso en algunos sectores de determinadas jurisdicciones y todos los juristas estamos implicados en evitarlo, porque una justicia lenta o ineficaz cuando está en juego la dignidad, la libertad o la hacienda, despertará una sociedad irritada y todos perderemos.
Y digo que ese deber asiste a los juristas, porque los jueces tendrán el margen de interpretación que les da la Ley (incluidas «las malas leyes» y oportunistas «decretos leyes») pero son los abogados y letrados los que aportan imaginación y propuestas jurídicas para sentencias con sus demandas y contestaciones, así como los académicos los que tendrán que ofrecer modelos teóricos de funcionamiento constitucional y administrativo que no reviente por las costuras ante las tensiones sociales. No sé cual será la cosecha de sentencias en esta etapa de litigios, ni en calidad ni en cantidad, pero sospecho que más que nunca, serán criticadas con saña, aunque bien estará tener presente que las malas leyes, ni las cambiantes, ni las lagunas legales facilitan buenas sentencias, de igual modo que cuanto mayor sea el interés en juego (trabajo, pensión, empresa, etc) mayor es la incomprensión ante la sentencia que no lo ampara.
Y cuarto, porque los juristas tienen mucho que decir sobre qué leyes hay que aprobar. No basta la mayoría parlamentaria estatal o autonómica para aprobar leyes, sino que hay que aprobar buenas leyes, que tengan mas nueces que ruido. Es aterrador pensar en una avalancha de normas aprobadas “en caliente” y para ahogar las voces quejosas de colectivos o grupos de presión que quieren soluciones inmediatas sin importarles su efecto a medio o largo plazo, ni como afectan al conjunto de la sociedad. ¿Cuándo se darán cuenta los gobiernos que quienes más gritan no tienen necesariamente más razón? ¿Cuándo se darán cuenta que no todo tiene la misma prioridad? ¿Cuándo comprenderán que los daños en los pilares del ordenamiento jurídico como los producidos en la selva virgen, o no se pueden reparar o perduran con tremendos costes?
Por último, fuera del ámbito de los litigios, las voces jurídicas de los Colegios Profesionales, Asociaciones Judiciales y de profesorado de disciplinas jurídicas, así como de los altos funcionarios juristas, tendrán que hacerse oír para inspirar las medidas legislativas, reglamentarias o institucionales, y planes, que el Estado soberano o sus hermanas menores autonómicas, preparan para un otoño jurídicamente frío y desolador. Bien estará propiciar y canalizar debates, foros e informes que puedan evitar que las ocurrencias jurídicas se plasmen en boletines oficiales.
Más que un Estado de alarma hemos vivido un Estado que se desarma. Más que una vuelta a la normalidad seguimos instalados en la banalidad, y ahora toca aplicar un Derecho aprobado en tiempos de bonanza para situaciones normales, a situaciones generadas en escenarios excepcionales.
No es fácil lo que nos espera a los juristas que creemos en el orden, la seguridad jurídica y la armonía de intereses. Confieso que me da tantas náuseas el egoísta sálvese quien pueda de los privilegiados (que los hay, indiferentes a la pandemia) como el parásito comodón que espera que el Estado le solvente todo (que los hay, indiferentes al esfuerzo que supone).
Habrá juristas que verán el escenario con pérdidas y otros con oportunidades. No faltarán los que deberán reorientar su vida profesional. La vida social del abogado se recortará y posiblemente las tecnologías de la información se habrán implantado a machete en su vida (comunicaciones telemáticas, citas previas, marketing digital, etcétera).
Pero en todo caso, se impone arrimar el hombro y altura de miras. No sé que haré personal y concretamente en mi labor profesional de ahora en adelante, pero sí sé que no soy el mismo jurista, ni con la misma ilusión, que era antes de la pandemia que ahora, aunque me esforzaré en aportar lo máximo en facilitar la regeneración jurídica y el bienestar del país.
De momento, doy la bienvenida cálida a los seguidores del blog -que ya echaba de menos, por cierto- y a partir de mañana 1 de septiembre seguiremos informando, aunque lógicamente en clave jurídica más precisa, porque los desahogos no están reñidos con el rigor. Hoy como todo recién llegado, toca ordenar, planificar, preparar los aperos y cargar las pilas de optimismo.
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Aquí un galeote voluntario dispuesto a cruzar remando el océano, a los sones del tambor de nuestro patrón (eso sí, sin látigo) al que saludo en su regreso.
Veo que el capitán vuelve realista, aunque parezca descorazonado.
Me temo que la pandemia y el post-estado de alarma taifal van a ser aprovechados por la Administración, especialmente en materia de función pública y muy especialmente en la local, por los alcaldes y secuaces, para ensanchar sus ya amplios márgenes de arbitrariedad, ocultismo y nepotismo.
Y también me temo que en X juzgados de lo contencioso, se encontrará cualquier excusa en el pajar de la potestad de autoorganización, para utilizarla como antorcha que ahuyente a las fieras (demandantes). Cada cual que despeje la X.
Ello a pesar de que «la transparencia no es un florero y que la Constitución ha dejado claro en su art.9.3 el mandato de eficacia para la Administración y el deber de todos los poderes públicos de «promover las condiciones en que la libertad y la igualdad sean reales y efectivas, remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social».
Gracias por estar siempre ahí José Ramón; yo tampoco soy la misma persona y el mismo jurista que antes de la pandemia, noto cierta ausencia en lo que fuí, pero mi compromiso con respecto a nuestra sociedad desde mi modesta labor de abogado sigue intacto, cuando no reforzado…ahora toca un plus de esfuerzo y ayudarnos entre todos para poder salir de la mejor manera de todo esto que nos está tocando vivir
Feliz vuelta al trabajo, maestro!! Que esta época de asueto veraniego le haya permitido esa medida de paz que todos buscamos y muy pocos encontramos (El último samurái, quote).
De parte de uno que va a coger los remos a partir de mañana, de vuelta de sus vacaciones.
Da gusto ver que acaban las vacaciones y, fieles a vuestro estilo, empezáis a publicar artículos de máximo interés. Muchas gracias.
Me encanta el proverbio chino que has elegido para empezar la noticia, y el recuerdo a Zaratustra. Por lo demás, completamente de acuerdo con el contenido de este artículo.
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