Libros y Jornadas

Confesiones de vuelos en libertad: las memorias de Fernando Gómez de Liaño

Hay novelas que nos cuentan vidas como libros abiertos, y otras son libros que encierran vidas de novela. No de novela de acción o comedia, sino novela jurídica, entendida como la que toma por eje vital el derecho o la justicia. Es el caso del libro “Vuelos en libertad. Memorias desordenadas de un jurista inquieto”(Círculo Rojo,2020) de Fernando Gómez de Liaño González, quien a sus ochenta años hace reflexiones sobre su vida de juez, abogado y catedrático de derecho procesal.

No se trata de delirios arriesgados, ni meditaciones teóricas, sino de sensatas reflexiones personales al hilo de las múltiples anécdotas, experiencias y vivencias del autor. Un valioso legado jurídico que se nos ofrece con la buena pluma del autor.

Lamento no haber tenido más trato personal con el autor por los azares de la vida, aunque seguro que hubiera sido una bendición haber recibido sus clases de derecho procesal o haber estado a su lado en alguna de sus numerosas luchas por el derecho. Así y todo, es curioso que leyéndole, no solo he descubierto que compartimos lugares de referencia (Salamanca y Oviedo como escenarios de nuestra vida), o Academia (ambos somos numerarios de la Real Academia Asturiana de Jurisprudencia) sino también la pasión por esa red de garantías que es el derecho procesal; incluso atesoramos comunes lecturas (Valle Inclán, Lord Byron, Kafka, Borges o Noah Harari, entre otros) y admiramos similares portentos (destacadamente los gigantes Miguel de Unamuno y Bertrand Russell) e incluso lugares paradisíacos (la playa de Torimbia).

Pero más allá de esas afinidades puntuales descubiertas, me complace haber captado un personaje de gran estatura jurídica y una persona con sabia sensibilidad, pues su manera de relatar sucedidos jurídicos es cautivadora. Nos comenta numerosos casos reales que defendió como abogado, los que atacó como letrado, los que falló como juez, los que sintió como fallos de jueces y las grandezas o miserias de la vida académica, dejando para el final su valoración personal de eso que llamamos vida vivida.

Estos “vuelos en libertad” tienen un poso de sana melancolía, pues nos habla un Fernando cansado de vaivenes pero incapaz de detener su afán de leer y escribir. No es una autobiografía de autobombo, ni un ajuste cuentas con el pasado. No. Es una visión en blanco y negro al estilo del cine Paradiso; donde el niño fue transformándose en joven, adulto y anciano; donde el alumno pasó a discípulo y a maestro; donde el aprendiz de derecho que admiraba a su padre abogado mutó en padre admirado por sus hijas (dos juristas), y donde todo esfuerzo recibe una cosecha de sabiduría final.

Es una obra con sus “gozos y sombras” como los trazados por Don Gonzalo Torrente Ballester, a quien Fernando saluda cuando puede en su escultura del Novelty salmantino.

Ahí están las bondades: sus triunfos de oposiciones, sin ocultar los intentos frustrados por las miserias que aguardan tras las plazas académicas, pero «sin complejos porque personajes tan ilustres como Unamuno o Churchill precisaron varias convocatorias»,pág.62); su felicidad por la paternidad, su agradecimiento a los discípulos, su relación amistosa con los clientes, su afecto por colegas que le acompañaron en momentos difíciles, y sus íntimos momentos de felicidad con la música o la lectura.

Pero también confiesa sombras: su desazón ante malos profesionales que aplicaban mal derecho; su sufrimiento ante algún desdén de colegas a quienes mira sin ira; la mala interpretación de algunos de sus artículos periodísticos; su lucha contra el cáncer y el alevoso ictus («que me pusieron pies sobre la tierra, y después de superarlas contribuyeron a forjar una personalidad más concienciada con lo que hay»,pág.400); su desencanto e incomprensión ante los derroteros de la Justicia o de la política («Orden, esa es la palabra que garantiza la seguridad jurídica»pág.506); o su preocupación por la decadencia del respeto y educación, reivindicándolos como asignatura obligatoria para infancia y adolescencia «pues en el respeto y la tolerancia se evitarían gran parte de los problemas que aquejan a la sociedad, que tiene un rumbo equivocado, ante la prevalencia del dinero y el consumo. Pregunten a nuestros jóvenes por sus aspiraciones y verán donde queda el respeto y la tolerancia»(pág.437); y como no, su visión del impacto de la pandemia que “para algunos ha propiciado momentos de reflexión sobre el sentido de esa vida ajetreada que nos hemos buscado»(pág.521).

Es una obra que ofrece chispazos y saltos hacia atrás (o feedback) que dan frescor a la lectura como el Rayuela de Julio Cortázar. Sus 75 estampas evocan el estilo de las memorias de Neruda (“Confieso que he vivido”), cuyos versos también manipula a sabiendas Fernando, para aludir a la naturaleza (“La noche está estrellada y ella está conmigo”,pág.264). Los rótulos que preceden a sus recuerdos son tan expresivos como atractivos, y entresacamos a modo de ejemplo: La letra con sangre entra; Días de vino y rosas; Peregrinaje universitario; Muerte del Tribunal Constitucional; Como se gana un pleito; Judicialismo; Cuidado con los bancos; con las botas puestas; Un paseo salmantino; Todos somos jueces; La aristocracia jurídica; Los emojis en el Derecho; Fueros e inmunidades; Las pandemias familiares y judiciales; Más lotería judicial; Un broche final festivo, etcétera.

Unos tienen por referencia su vida como abogado, pues “El bufete es una clínica del alma y del espíritu, es una especie de confesionario laico, al que acuden personas de algún modo desvalidas a contar sus problemas”(pág.83). La obra es un mosaico de litigios, contados con gracejo, para lo bueno y para lo malo, unos ganados y otros perdidos, pero todos con moraleja. Como veterano confiesa que:

la abogacía es la más difícil de las profesiones jurídicas, porque el abogado parte de cero, de un conjunto de datos y documentos que presenta el cliente, a los que hay que dar forma, decidir la estrategia a seguir, promover el arreglo evitando el litigio, y cuando da estado judicial al asunto, tiene que acertar con el cauce elegido con las pruebas diseñadas. Y si se equivoca no hay solución, ni recurso. El juez después elige un camino que le han facilitado al menos dos abogados, y si se equivoca hay recurso»(pág.225).

Otras nos ofrece su valoración de la vida académica pues

resulta muy gratificante el contacto con las nuevas generaciones, y el propiciar en ellas el estudio, la imaginación y el espíritu crítico que debe caracterizar al buen jurista capaz de analizar y sintetizar el asunto que tenga entre manos, que no le va a resolver ningún libro de texto»(pág.90).

Fernando se siente cómodo con el apelativo con que le bautizaron los alumnos, Fernando I el Pacificador,

porque al final de casi todas las clases les digo lo mismo: que todo lo hablado está muy bien, pero la primera obligación del abogado es evitar el pleito, y siempre me habrán oído defender los medios alternativos de solución de conflictos, como la mediación, la conciliación e incluso el arbitraje»(pág.151).

Me agrada su visión de la Justicia, más allá de lo que debiera ser y cómo queremos que sea, tomando prestado el concepto de “intrahistoria” de Unamuno:

En el mundo judicial también hay una intrahistoria de los abogados y procuradores que “pelean” día a día en los tribunales, de los jueces que cumplen silenciosa y laboriosamente con su misión de resolver los conflictos humanos, la de algunos fiscales que se topan con obstáculos invisibles en su trabajo de velar por la legalidad, y de tantos funcionarios que en los juzgados y tribunales contribuyen de forma anónima a que la máquina funcione”(pág.172)

No entra en cuestiones políticas aunque como ciudadano ejerce su sana crítica (que tanto controla como buen procesalista) y de cuando en cuando lanza quejas envueltas en finas expresiones como cuando se ocupa de La Ley del Embudo con las que nos trata la Administración, la Ley de la Golfería de algunos políticos, o la Ley de Grandes empresas o la Ley de la Selva en que se ha convertido la impunidad de las redes sociales (pág.330).

A veces nos muestra una faceta costumbrista, propio de un notario, emulando la “Historia de dos ciudades” de Dickens, tomando por eje, Salamanca y Oviedo, que nos muestra Fernando con tremendo afecto y reverencia, con rápidas pinceladas para mostrarnos sus ventajas e inconvenientes y los lugares por donde transitó y disfrutó, o sufrió.

Fernando gusta apuntalar sus reflexiones con oportunísimas citas, como cuando comenta sus episodios de juventud, particularmente su servicio militar absurdo o las oposiciones memorísticas o la dureza de su educación, compartiendo con el lector que tales sucesos

le traen a la memoria el libro de Frank MacCourt, El Profesor, que…dice que afronta con espíritu de perdón, y dice que perdona al Papa por sus doctrinas restrictivas, a los políticos que le gobernaron con estrechez de miras, al obispo que decía que todo era pecado, a los maestros que le quitaron la curiosidad a golpes, al cura que le expulsó del confesionario, y a sus padres que veían aquello como normal»(pág.42).

Su largo camino, que evoca “el duro bregar” de su admirado Unamuno, que le acompaña en sus paseos por sus recuerdos, le lleva a desembocar en meditaciones personales, compartiendo con el lector íntimas dudas cuando se enfrenta a sus recuerdos:

Tus amores. Tus trabajos e inquietudes. Tu familia. Tus viajes. Tus enfermedades, y disgustos y por supuesto las satisfacciones casi siempre efímeras en este caminar agitado de la vida.¿En qué me habré equivocado? Piensas en este sucedió y en el otro, en lo que hubiera podido ser y no ha sido. Cuando procuras hacer un balance del debe y el haber, las partidas no responden al esquema matemático.¿En qué lado la pones? Tu talante vital es definitivo y cuando se hacen apuestas entras en el juego del azar»(pág.349).

A modo de balance nos susurra que

Quiero creer que he formado una gran familia, y en estas alturas de mi vida, ello constituye mi mejor patrimonio. Quiero pues deciros que he disfrutado todo lo que se puede disfrutar con mis achacosos años, aunque soy optimista y espero repetirlo el año que viene»(pág.467)

En definitiva, damos la bienvenida a esta espléndida obra, Vuelos en libertad. Memorias desordenadas de un jurista inquieto (2021), en que se confirma la cita que se efectúa en sus páginas de García Márquez, de que en la vida hay acontecimientos públicos, privados y secretos, pues Don Fernando nos deja asomarnos al pozo de su pasado para que vislumbremos un poco de todo. Un poco que es mucho.

En fin, maestro, esperamos esa inminente monografía suya sobre Los pleitos de Unamuno…Y estése tranquilo, Don Fernando. Su cosecha ha sido fructífera y sus memorias nos dejan buena memoria de su valía.

 

3 comments on “Confesiones de vuelos en libertad: las memorias de Fernando Gómez de Liaño

  1. Celebro que don Fernando haya podido escribir sus memorias. Y mi recuerdo al magistrado don Cesáreo Rodríguez Aguilera, muerto en extrañas circunstancias cuando alguien supo que quería publicar las suyas…

  2. juan perez periáñez

    Buenas tardes a JR y a todos. Desde mi especialidad en Derecho Procesal, me alegro mucho de que el maestro D. Fernando haya publicado sus memorias, de las que tengo la seguridad que seràn extraodinarias, como lo es el autor, enorme jurista y mejor persona. Uno de mis referentes profesionales, jutno con D. Jaime Guasp y Calamandrei, es decir, uno DE LOS GRANDES…Y para colmo, segùn nos informa JR tambièn coincidimos en nuestra pasiòn por D. Ramòn…LA LÀMPARA MARAVILLOSA..MI LIBRO DE CABECERA.:.:.:

  3. alegret

    Eso que dice de que la Abogacía es la más difícil de las profesiones jurídicas llevo yo pensándolo más de 30 años e incluso lo he debatido con jueces amigos y alguno hasta me ha dado la razón, Si ya lo decía Ossorio y Gallardo en su delicioso «El alma de la toga».

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